Claro que, aún no he explicado lo que es un barrenador. O cuál era su cometido. Pues básicamente, era el encargado de realizar, en una explotación minera, un agujero o barreno en el que introducir explosivo, para proceder a su voladura.

Para realizar dicho agujero, se servía de una barra metálica o barrena, con puntas planas y afiladas, y a base de golpe, fuerza y precisión, conseguía una cavidad más o menos profunda, en función de la necesidad, y se rellenaba de un producto explosivo (generalmente dinamita), que se hacía explotar mediante una mecha más bien larga (para que diera tiempo a avisar y alejarse), y así poder desmenuzar las partes grandes de mineral en trozos más pequeños y manejables.
Así pues, el barrenador, hacía barrenos, sí, pero también tenía que decidir cuál era el lugar más idóneo para llevarlos a cabo (en un punto o en otro en función de la forma de la piedra a reducir, o en horizontal, en inclinado, etc), calcular y preparar la carga explosiva adecuada (quedarse corto o pasarse era algo que podía suceder, con muy diversas consecuencias), retacar la misma, preparar mechas…unas cuantas cosas, vaya.
Resumiendo, que además de una constitución fuerte y un buen estado de forma, algo poco frecuente para la época (hablamos de finales del siglo XIX, con el índice de mortalidad infantil por las nubes, y las penurias económicas y sociales a la orden del día), un barrenador, tenía que tener además unos conocimientos técnicos mínimos que le posibilitaran desempeñar su función. Los buenos barrenadores eran apreciados, y aparte de un sueldo mayor que el de muchos otros trabajadores de la mina, solían estar mejor alimentados que el resto. Aunque respecto a esto último, no tengo tan claro si ello era para trabajar mejor, o para llegar en mejores condiciones físicas a las famosas apuestas de barrenadores que los patrones de cada explotación pusieron de moda, y en las que se jugaban auténticas fortunas.
Pero de eso, hablaremos en otra entrada.